Victoria Pastora Grijalvo - LOS NIÑOS DE TINDOUF
(Ilustraciones pendientes)
LALA
Lala tiene doce años, aunque aparente nueve. A Lala le encanta bailar.
Pone una cinta en el cassette (que normalmente está roto y se arregla
a base de golpes) y se mueve y se mueve sin dejar de reír.
Ella siempre ríe, excepto cuando a las ocho de la mañana la veía
levantarse, abandonar la alfombra que le hace de cama y las mantas que le abrigan
las frías noches saharianas, estirarse el pelo para rodearlo con una
goma, ponerse el anorak y, sin que el agua tocara su cara o sus manos ni el
alimento su estómago, marchar al colegio adonde no quería llegar
tarde.
LA VIDA
Es la traducción del árabe de su nombre y a ella le gusta. Sabe
lo que significa, aunque no estoy segura de que sepa el peso que ese nombre
la supone.
La Vida podría ser una adolescente de cualquier país europeo;
una chica de un extrarradio de una gran ciudad: pantalones vaqueros y camisetas
modernas (¿de donde saldrán?), una cinta al pelo y una vitalidad
contagiosa.
Pero ella es saharahui y vive en un campamento de refugiados. Pronto se pondrá
su preceptivo velo, dejará el colegio y los amigos y se quedará
en la haima haciendo las tareas de la casa. Si no hay nada que lo remedie, y
no parece que vaya a haber solución, La Vida esperará en casa
a que venga un pretendiente que le guste (extraño que no se lo impongan)
que la llevará a la misma vida mísera de su madre, de su abuela................
SALAMO
Se convirtió en mi sombra desde el momento en que llegué a la
casa. Fue mi interprete y mi guía. Me enseñó el campamento
con un entusiasmo que difícilmente se encuentra en los cicerones que
arrastran a los turistas.
Andábamos de noche, yo tropezando a pesar de mi linterna y él
moviéndose rápidamente con la sola luz del hermoso cielo estrellado
que yo no podía dejar de mirar.
Salamo es listo, vivo; siempre me traducía cosas bonitas. No sé
si lo que los mayores decían lo era, pero él tenía esa
habilidad y me halagaba: yo estaba guapa, mi ropa era hermosa y todo lo hacía
bien.
¿Qué podría ser de mayor si viviera, mejor si hubiera nacido,
en cualquier otro lugar? ¿De qué le va a servir esa inteligencia,
esa agilidad mental, en un campamento de refugiados? ¿Le servirá
para algo más que para trapichear por la supervivencia o quizá
para algo peor?
Como no podía ser de otra manera, fue a despedirme al autobus en el que
abandonamos el campamente. Corriendo lo veía en la lejanía sacudiendo
su mano, despidiéndome ¿Para siempre?..........
Mi prima Victoria Pastora Grijalvo escribe...